domingo, 20 de mayo de 2012
dejar ir
martes, 19 de julio de 2011
Matariki
Aunque el calendario gregoriano es, en muchos sentidos, arrítmico del danzar natural hay una concordancia con el ciclo de la vida en la que parece sí acertar: el año nuevo.
En el hemisferio Norte lo celebramos en invierno, cosa que en es muy natural. Los maoríes, por su parte, también comienzan sus años durante el invierno del cono Sur.
Resulta lógico e inteligente, no sólo con la razón sino con la sabiduría de la Vida. El invierno es una época de reposo, de descanso. Es el momento en que los animales, plantas y la tierra misma guardan su energía para resurgir, para comenzar de nuevo.
Después de este periodo de hibernación, toda la vida despierta con los primeros rayos del Sol que llegan al sonar de la primavera. La tierra espera latente al nacimiento desde sus entrañas y de esta manera el milagro se levanta.
Bajo el clima invernal muchos seres se adormecen -algunas veces es casi la muerte misma- para luego transmutar y volver a vivir.
Así los maoríes saludan a su nuevo ciclo. Es momento de agradecimiento a su pasado y a sus ancestros y de nuevas oraciones para su vida futura. Su sustento está en la Tierra y desde ella piden por las cosechas del año que está por llegar. Pasado el gélido clima, las promesas guardadas en las semillas se transformarán en realidad… quizás…
Su calendario lunar espera la aparición de las “Siete Hermanas” en el firmamento. Si la noche es clara se asomarán por el Oriente antes de que salga el Sol. Y al verlas, en esa madrugada, se podrá leer si será un año próspero o no: entre más brillantes y nítidas, más abundancia los bendecirá.
Las siete mujeres son reconocidas en todo el mundo, en muchas tradiciones. Los maoríes les llaman “Matariki”, los griegos las nombraron “Pléyades”. Desde ellas, incluso, hay quienes aseguran recibir la información que necesitamos los seres humanos para evolucionar en el sendero espiritual.
Su advenimiento se encuentra en los inicios del mes de junio y culmina el 21 del mismo mes.
Al cerrar la celebración de “Matariki” y la llegada del nuevo año acontecerá la noche más larga del hemisferio Sur y con ésta el frío invierno se abrirá paso. Abonará la tierra, la ayudará a descansar.
Éste, es el ciclo eterno. Es el ritmo vivo en constante movimiento. La colorida fiesta de las hojas, de los pájaros y de los ríos.
¡Feliz Matariki!
miércoles, 27 de abril de 2011
28 años... y contando!
Agradezco a la vida. Al Cosmos, a la dualidad creadora. Agradezco al Gran Espíritu, al Gran Misterio. Al agua, que es la vida misma.
A la tierra por ser mi hogar en esta vida y ser la que nos alimenta cada día. Al viento que nos ayuda a movernos y así, a estar vivos.
Al fuego, abuelito cariñoso y verdadero, quien me transforma y me ayuda a mirar. A ver dentro de mi oscuridad.
Agradezco la bendición de estar viva, sana, entera. La magia de la existencia que me permite estar aquí. Las razones -disfrazadas de casualidades- por las que estoy hoy en este instante, en este cuerpo. Con él disfruto del tacto y de los aromas.
Gracias a mis ancestros y los encuentros nada fortuitos que los hicieron unirse. Agradezco al amor que es el material divino del que está moldeada la vida; el mismo que generó el encuentro de esos hombres y mujeres. Agradezco sus vidas y el instante eterno que fundió sus aguas.
A mis abuelos y abuelas de estrellas y tierra. Su andar por este mundo dejó un hermoso regalo: Mis padres. Mi primer gran amor, mis primeros maestros. La relación más fuerte, más pura y también la de mayor trabajo. Con ellos me reflejo a mi misma y practico mi paciencia, respeto, tolerancia.
Por su vida vino la mía y la de mi hermano. Y agradezco el amarse pues con ello ambos estamos aquí. Creados en el amor, como cada uno de los seres vivos.
Gracias por los sabores. Gracias al chocolate, a la vainilla y al dulce sabor de los amigos. He sido la mejor amiga y la peor enemiga. La amada y la nada querida. He sido todo porque todos somos todo: toda emoción, todo rostro, el infinito entero.
He compartido con todos ustedes algo, un instante, una mirada, unas palabras, caricias, pláticas interminables, risas, llantos, felicidad y rabia. He sido todo, algo para cada uno, pequeño o grande, intrascendente o significativo.
Gracias a las sonrisas, a las lágrimas y mejor todavía, a las lágrimas de carcajadas.
Agradezco a las “coincidencias”, a lo inesperado, a lo etéreo, a la sorpresa del futuro –¡qué aburrido sería adivinar el guión de la vida!-. Gracias a la magia, a la ilusión, al tambor de mi corazón.
Quiero agradecerles a todos. A cada una de las relaciones que he formado, que he destruido, que he cuidado y que he desatendido. Todas las relaciones que han acompañado mi vida y que siguen haciéndolo. También todas las que se encendieron de momento y hoy son sólo un recuerdo.
Quiero agradecer los colores, a las plantas y su verde; a la luna y su azul de cielo y estrellas; al turquesa del océano. A los gatos y libélulas. A los mangos y a los elefantes. A la música. Gracias por la albahaca, por las flores y por el olor a la tierra mojada.
Gracias a todos, porque todos somos familia. Familia de sangre y familia cósmica. Somos nuestras propias relaciones y ellas nos nutren, nos enseñan, nos cambian, nos maduran, nos enriquecen. Gracias a quienes han cambiado mi vida.
Gracias a los que me alegra agradecerles. Gracias a quienes me cuesta trabajo decir gracias. Gracias. A la vida, a sus vidas.
Al milagro de re-encontrarnos: Gracias.
Gracias Pachamama. Gracias Padre Sol
¡Aha! Mitakuye Oyasin/ Todos estamos relacionados
domingo, 16 de agosto de 2009
El Abuelo Híkuri
El Híkuri es el Peyote sagrado. Un cactus que crece en desiertos de Norteamérica. Los guardianes de esta medicina ancestral, en México, son los wixárcas. Cada año peregrinan hacia sus lugares sagrados para recolectarla y después, curar con ella.
Antes lo hacían andando, ahora ya rentan camiones para llegar hasta Wirikuta, el hogar del Venado Azul. Este es el nombre wixárica del desierto cercano a Real de Catorce, Estación Catorce o Wadley, sitios mundialmente conocidos por el turismo que busca un encuentro con el peyote.
Lejos de estas expediciones quizás movidas por la curiosidad, el deseo de sumar una nueva vivencia o incluso la fiesta y el "alucín", caminan los huicholes con huaraches polvorientos, empujados por el viento y sus corazones. Están seguros de que sus abuelos los miran gustosos.
Conectados a sus ancestros, los wixáricas de hoy continúan la antigua tradición de recolectar el corazón del venado y llevarlo hasta lugares inimaginables.
No sólo lo usan para ellos mismos, en sus comunidades escondidas entre cúspides y bruma. Lo portan con orgullo y humildad a sitios varios de México, otros países de América y hasta he conocido a Marakames que lo han llevado a Europa y África.
"Tatewari (el abuelo fuego) les dijo a nuestros abuelitos que ya era hora de compartir", nos dijo una vez Santos. Y con este consejo emprendieron un nuevo caminar. Entonces, los trajes bordados y sus morrales coloridos salieron de la sierra. Empezaron a sembrar la curación fuera de sus hogares.
Cuentan que cuando peregrinan a Wirikuta hacen algunos rituales (bastante intensos, a nuestro "juicio") Si te invitan a peregrinar con ellos -como teiwari- debes hacerlo durante cuatro años y, en caso de tenerla, permecer con la misma pareja sentimental con la que estabas al peregrinar por primera vez .
Hacen ejercicios fascinantes para derrocar el miedo y la razón: dejan de llamar las cosas por el nombre ordinario y comienzan un juego-reto de llamar a todo diferente. Lo que antes era el sol ahora es llamado la flor; el peyote, perro; el venado, cielo... por ejemplo.
Al cabo de unos días hablan únicamente con este nuevo lenguaje tejido al calor de sus pasos y entre risas, aprenden a traspasar esta limitante de la mente: el lenguaje. Que es, sin duda, un invento fantástico para comunicarnos, pero transgredirlo nos enseña que es también una muralla racional; una gama de etiquetas que sólo nombra la cáscara del objeto, que nos aleja de su esencia, que califica y juzga entidades que simplemente son.
Parece ya un concierto de sinsentidos que nos hace ver lo accesorio que es usar tal o cual palabra; ellas cambian y la esencia del sujeto sigue ahí. La comunicación se hace presente desde nuestro espíritu, ya no desde la mente.
Durante este andar, una noche se sientan en círculo con el Abuelo Fuego como su principal testigo y ante él, se confiesan. Hablan de todo lo ocurrido ese año pues antes de entrar al desierto sagrado y tomar la medicina es necesario estar limpio. Es muy común que en esta reunión salgan temas como infidelidades o traiciones.
Lo dicen frente al fuego pues él es el primero. El primer chamán, el Marakame, el curandero, el Abuelo, el Padre. El que todo lo puede transformar, el único que puede transmutar esta energía y quemar lo irreal para limpiar. El que les da la noticia para actuar, el camino hacia el perdón.
Y así toman de nuevo sus morrales, de día y de noche siguen sus pisadas. Cansados del viaje continúan ya con el corazón alegre, dispuestos a entrar a Wirikuta limpios y entonces contactar con la medicina del Venado Azul.
Y teiwari es...
Viven en las alturas, donde las nubes acarician el verdor de las montañas. Sus niños corren libres entre ríos, flores y sembradíos de maíz, frijol, calabaza... En ciertas comunidades no ha llegado la luz eléctrica y ni un solo cable asoma estos cielos. Llegar a sus casas puede llevarnos hasta 12 horas, por tierra.
Pareciera, superficialmente, que no tienen nada... cuando lo tienen todo.
Wixárica significa: "Los hijos del águila" y Teiwari es la palabra que utilizan para referirse a nosotros, los mestizos.
La diferencia entre ellos y nosotros no recae únicamente en aspectos externos como el color de la piel o los rasgos físicos. La diferencia más profunda se hace presente en su recordar y nuestro olvidar.
Recuerdan ser puros, inocentes como niños; agradecen a la Madre Tierra, al Padre Sol, al Abuelo Fuego (Tatewari) por la vida, por el alimento, por el trabajo, por la salud. Honran sus orígenes, a sus abuelos; construyen familias basadas en la dualidad, en el complemento. Son sanos de espíritu (aunque no faltan aquellos que deciden andar otro camino) Hablan con la verdad, practican el silencio y la observación. Aman, viven, rezan, cantan, bailan. Agradecen. Son humildes y fuertes.
Sobra decir que estas cualidades no siempre se encuentran en nuestras sociedades. Aquí está nuestro olvido, porque esencialmente somos iguales y tenemos los mismos obstáculos de la mente, las mismas trabas generadas desde nuestra oscuridad y nuestros miedos, pero los teiwaris hemos olvidado el compromiso con nosotros mismos. El compromiso de amarnos, de andar nuestros caminos sonriendo, agradeciendo, honrando, rezando, cantando, aprendiendo, escuchando, observando, practicando el silencio y la humildad. Olvidamos que lo tenemos todo para vivir en amor, en belleza, en libertad, en felicidad.
Por eso somos Teiwaris.
Nuestros hermanos huicholes se refieren a nosotros de esta forma con ternura al vernos tan niños, algunos otros lo hacen con recelo y hasta miedo por los peligros que representamos en sus territorios, en su sociedad.
Es por ello que retomo este término, para expresar lo que aprendo cada día desde la aceptación de mi estado actual. Aceptar con amorcito y humildad que aunque nos falta mucho para ser grandes de espíritu, para creer en nuestro poder, en esencia somos bellos y limpios. Ellos y nosotros somos hijos de la Tierra; somos perfectos, como lo es la Creación.
Abrir los ojos de la conciencia nos permite ver quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos, de esta forma podremos andar nuestros caminos con verdad, paso a paso, en paz.
Ahá Mitakuye Oyasin